La situación de pobreza en España

Miguel, de dar 200 millones como lotero a vivir en la calle por el coronavirus

Aquel 23 de septiembre de 1988: "Entonces la gente me buscaba. Ahora, me huyen".

Todo el que escuchaba nombrar a Miguel, sabía a quién se refería. El protagonista de esta historia es él, el vendedor de cupones de la ONCE más famoso de la ciudad de Toledo, pues un viernes 'de no olvidar', repartió 200 millones de pesetas.

Todavía son muchos los que recuerdan la imagen de este vendedor acercándose con la esperada tira de papel como símbolo de dinero seguro y que, en aquellos días, no solo le dio una alegría a más de uno, sino que le solucionó la vida como aquel que dice.

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Desde ese día, todo el mundo hacía cola para pedirle un numerito a Miguel, y tristemente, tiempo después, poco quedó en el recuerdo de sus clientes de aquel hombre que repartía suerte, pero que nunca se llevó muy bien con ella.

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Y es que el pobre Miguel, noveno de 13 hermanos perdió a tres de ellos por las drogas. Ya desde bien pequeño la suerte nunca estuvo de su lado, con tan solo nueve años, su madre se esfumó para siempre. Independiente y un completo buscavidas, trabajó de chatarrero, de pinche de cocina, vendimiando, o en la construcción, en donde vino lo peor años más tarde cuando trabajando se le cayó un albañil desde un tejado y pasó 37 días en coma. Cuando se recuperó, tuvo muchas secuelas, dolores constantes y sólo pudo ganarse la vida vendiendo cupones. «Dame un numerito, Miguel». Y te lo daba.

Luchador y conocido en Toledo

Por si fuera poco, en 2017, fallecía Francisca, su mujer, a causa de un cáncer de pulmón. En estos momentos Miguel vivía al límite entre la precariedad con una pensión de menos de 400 euros y tuvo que endeudarse para poder enterrarla «bien», y tal y como comenta, todavía le queda un año para pagar aquel préstamo que se ha convertido en la peor de sus pesadillas. Y no solo eso, sino que también le quedan las 24 horas del día junto al río Tajo donde hoy duerme bajo una lona sin parar de preguntarse cada minuto, qué ha hecho mal en esta vida para acabar donde se encuentra ahora mismo. El hombre, que repartió los 200 millones y que actualmente, vive en la calle.

«Yo no he tenido suerte», afirma Miguel López Serrano, 53 años. «O a lo mejor la he tenido y no he sabido aprovecharla».

Ya han pasado más de tres décadas desde aquella feliz noticia que acaparaba las portadas de los periódicos y de la que parece haber sido olvidada para muchos, menos para Miguel, que recuerda esos momentos como si fueran la dirección de una casa donde uno fue feliz y a la que siempre quisiera regresar.

«Puse contentos a muchos, eh».

Aquel 23 de septiembre de 1988, el número premiado, el 28.607, de la serie 031, la gran noticia. Sonríe mientras lo recuerda, «Entonces la gente me buscaba. Ahora, me huyen». Un hombre que antes no tenía barba y que ahora la tiene como un auténtico Robinsón que vive bajo una lona junto al río Tajo.

Ahora Miguel se ha convertido en uno de los 800.000 nuevos pobres que ha arrastrado la pandemia, según estimaciones de Oxfam.

Sus vecinos y amigos de Toledo se enteraron de la situación que estaba atravesando Miguel gracias a su amigo Álex, que ahora está al mando de la plataforma llamada ‘Los lunes al sol’ y que hasta hace poco reunía a los parados y paradas de la ciudad en la plaza de Zocodover. Era mítico, todos los lunes, dar un paseo, tomar el sol, y denunciar la crisis, también lo hacía Miguel.

Álex Hebrail: «Cuando me enteré de su situación, hice un llamamiento a los amigos. No nos sobra el dinero ni el tiempo, pero le hemos conseguido unas gafas, un móvil, dos semanas en un alojamiento... Como Miguel no haga ruido, se va a quedar debajo de esa lona. Vivir sin madre, la muerte de los hermanos, la de la mujer, la depresión... Para terminar en un río. Esto le puede pasar a cualquiera».

En sus pensamientos

Con tremenda tristeza y todavía sin apenas superar lo ocurrido, Miguel añora a su mujer, comenta que iban a enterrarla de cualquier modo, por lo que pidió un crédito para la corona, una caja buena, y por todo ello todavía paga 160 euros al mes.

«No tenía para enterrarla y la iban a enterrar de cualquier modo. Yo quise que tuviera su corona. Y su caja buena. Y su lápida con sus letras. Tuve que pedir un crédito para eso. Todo me salió por casi 7.000 euros. Todavía estoy pagando unos 160 cada mes. Cada letra valió una pasta».

El hijo de un guarda de campo y de una mujer dedicada a la limpieza, lleva dos años sin trabajo y explica que, si viera a su mamá, cuando fuera, le preguntaría «por qué».

«Lloro, me digo qué mierda hago aquí. Pero siempre hay un buen momento en el día: es cuando amanezco».